Nuestra Historia

La comunidad protestante está presente en la zona desde 1928 cuando el 8 de julio de ese año se celebró el primer culto y el 22 de julio de ese mismo año se funda la Comunidad Evangélica de Santo Domingo. Desde ese entónces se trabaja para la construcción de un templo, poniéndose la piedra fundamental el 18 de abril de 1929. Se inaguró el mismo el 29 de setiembre de ese mismo año.
Desde los comienzos, la comunidad evangélica ha estado presente en la vida del pùeblo con sus aportes y su testimonio de fe.


04/06/2010

Meditación de la semana

Primer domingo después de trinidad: Texto Lucas 7, 11-17 Otras lecturas: 1. Reyes 17, 17-24 y Gálatas 1, 11-19 Queridos hermanos: Una vez escuché a un profesor afirmar muy convencido que los cuatro agujeros negros más significativos para el hombre y la mujer contemporáneos son: la soledad, la culpa, la enfermedad y la muerte. Y esto no solo es un desafío para la antropología, la sicología, la teología, filosofía y tantas otras ciencias, sino que se puede ver reflejado en varios hechos cotidianos de la vida humana. Toda teoría que busque responder o dar respuestas a estas 4 esquinas de la vida, tienden al fracaso, porque sencillamente, no las hay. Por más explicación que le busquemos a la soledad, a la culpa, a la enfermedad y a la muerte, estas siguen existiendo y haciendo estragos en la vida de cada uno. De entre todas estas tragedias humanas la más trágica, valga la redundancia, es la de la muerte. La muerte es una realidad excesivamente familiar para todos por la frecuencia y evidencia con que se presenta en nuestro entorno y, sin embargo, una realidad que en nuestro medio cultural tratamos de apartarla de la vida, la tiramos para afuera. Alguien decía una vez, un gran pensador, cuando le preguntaron sobre que opina de la humanidad de hoy en día, que le llamaba la atención de que vivimos como si nunca iríamos a morir y morimos como si nunca hubiésemos vivido. Una de las cosas más difíciles a las que me tengo que enfrentar en la tarea pastoral es ayudar a que alguien que está sufriendo pueda encontrar consuelo y fortaleza para seguir adelante. Se, al menos a mi me ha pasado y no tengo vergüenza en decirlo, que las palabras tienen un límite. Hay momentos en los que las palabras no pueden ser escuchadas ni mucho menos entendidas. Uno de esos momentos es precisamente este, cuando nos enfrentamos a la muerte. Y sobremanera cuando se trata de la muerte del hijo de una mujer viuda. Tan tremendo es este hecho que ni siquiera se ha podido encontrar una palabra para nombrar a una madre que pierde a su hijo. Uno puede ser viudo o viuda, huérfano o huérfana, pero… para esta situación no hay nombre, no hay título… Y eso, quizá, le agrega más dolor a la cosa. Ni siquiera le podemos poner nombre a este dolor. No es lo natural, lo normal. Pero en esta historia se ha llegado al límite del dolor y de la angustia. SE trata de una mujer viuda, es decir que con la muerte de su único hijo, sufre no solo el dolor de la pérdida, sino que está emparentada con otro de los cuatro “flagelos” de la humanidad, que es la soledad. ¿Cómo no llorar? Hasta me parece poder escuchar sus gritos de angustia. Ya no le queda más nada en la vida. Ni marido, ni hijo… Nada. Ninguna palabra puede servir de consuelo en una situación así. ¿Cómo no llorar cuando uno queda desprotegido y desamparado frente a la muerte? ¿Cómo no llorar cuando uno no puede volver a ver a su ser querido? ¿Cómo no llorar cuando no tiene mas con quien charlar… escuchar esa voz que era una compañía? ¿Cómo no llorar al levantarse a la mañana después de haber soñado que ese ser querido ausente estaba ahí, a su lado, riendo juntos, y luego tener que enfrentarse a la realidad? Las palabras, al menos esa es mi experiencia, no alcanzan, no llenan los vacios… ¿Cómo no llorar cuando uno lleva a enterrar lo único que le queda? Es como morirse uno mismo… y enterrarse junto a su hijo. Y cabe la pregunta… ¿Dónde está Dios en esos momentos? ¿Por qué si Dios es un Dios de amor permite que estas cosas sucedan? Y otra vez tengo la sensación que las palabras no pueden ayudar, son inútiles las conjeturas y las explicaciones allí donde solo hay dolor e injusticia… Jesús hace lo único que se puede hacer: tener compasión. Compasión es ponerse en el lugar del otro y tratar de sentir lo que siente el otro. “Tener la misma pasión que el otro” (pasión es sentimiento). Jesús ve la tristeza y el dolor de la mujer. Sabe de sus perdidas, de su soledad. No toma una postura indiferente frente al dolor. Tiene compasión. Sufre junto a la mujer porque entiende el dolor por el que está pasando. En muchas oportunidades vemos a Jesús expresar sus sentimientos frente a los acontecimientos. Y quizá aquí podríamos sacar una primera enseñanza de Jesús. En toda situación de la vida, aún en la más dolorosa, Jesús nos enseña algo. Debemos expresar nuestros sentimientos. En nuestra cultura occidental se nos enseñó ya desde chicos, que hay que ser “fuerte”, “los hombres no lloran”, etc. Etc. Por lo que reprimimos nuestros sentimientos y rara vez los expresamos. Y de tanto reprimirlos, nos enfermamos, o nos convertimos en escépticos profesionales. El deja llorar a la mujer. Después de un rato le dice: “no llores”. No llores no porque eso es malo y hay que reprimirlo, sino porque si tus ojos están llenos de lágrimas, no vas a poder ver lo que Dios va a hacer en tu vida. Y ahí, cuando la mujer se calmo un poco, pudo ver, entre sollozos, que su hijo, lo único que tenía, estaba sentado en la camilla y conversaba. Su llanto amargo se transformo en llanto de alegría. Su vida volvió a tener sentido. Y acá, creo yo, tenemos la segunda enseñanza de Jesús. O al menos, un gran desafío. Es un desafío para todos los cristianos, los que tratamos de seguir las enseñanzas de Jesús. Es cierto, nosotros no podemos resucitar físicamente a las personas, pero si podemos ayudar a que las personas que sufren, y ahora hablo de cualquier sufrimiento, no se mueran en ese sufrimiento, sino que puedan resucitar, es decir, puedan dejar de sufrir y encontrar nuevamente el sentido a la vida. Viktor Frankl, el fundador de la logoterapia, es un siquiatra que sobrevivió a los campos de concentración nazis durante la segunda guerra mundial. El hizo durante ese tiempo un descubrimiento que lo ayudó a formular su teoría que se conoce como la logoterapia. El veía como sus compañeros de tortura iban muriendo uno a uno… y otros ante las mismas torturas seguían viviendo. Descubrió, después de hablar con muchos, que la clave estaba en lo siguiente: los que sobrevivían tenían algo por que vivir, un objetivo. Ya sea una familia, ya sea poder salir para realizar un trabajo postergado o lo que sea. Dicho de otro modo: sobrevivían los que le encontraban un sentido a seguir viviendo, un sentido a la vida. En cuenta en un momento la siguiente historia: “Lo que más importa es ante todo, la actitud que tomamos frente al sufrimiento, nuestra actitud al cargar con el sufrimiento. Citaré un ejemplo: en una ocasión un doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la muerte de su esposa, que había muerto hacia dos años y a quién él había amado por encima de todas las cosas. ¿de que forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté la siguiente pregunta: “¿que hubiera sucedido si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiese sobrevivido? Oh, dijo, para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo. A lo que le replique: Ve, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento. Pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte.” El doctor no dijo nada, me tomo de la mano y quedamente abandonó el despacho. Le encontró sentido a su sufrimiento”. Nosotros no podemos devolver la vida, pero si podemos ayudar a que el que sufre, el que llora, pueda volver a encontrarle sentido a su vida. Hacer lo mismo que hizo Jesús. Devolverle a esta viuda el sentido de la vida. Queridos hermanos y hermanas: La escena de Lucas se repite todos los días en nuestro mundo, a nuestro alrededor. Hay grandes comitivas que llevan sus muertos, muertos vivientes, de muertos que andan y se mueven pero que no tienen vida: -Es la gran comitiva de los que reflejan la desesperanza y la angustia cotidiana llenos de llanto y de angustia sin que nadie los ayude, todos preocupados por su propio mundo. -Es la comitiva de los enfermos a los que nadie visita, a los que se arrincona en algún aguantadero de viejos porque ya no son útiles en este mundo en el que todo se pesa y se mide por la utilidad y el consumo. -Es la gran comitiva de los minusválidos, y de los que necesitan de una sonrisa, de una palabra de aliento. -Es la gran comitiva de las mujeres maltratadas por sus maridos, que muchas veces las consideran como un objeto del que puede usarse y prescindir de él momentos después. -Es la gran comitiva de la muerte. Las vemos todos los días. Y porque la vemos todos los días en los noticieros, ya nos hemos acostumbrado a ella que ni siquiera vemos las lágrimas ni escuchamos el llanto de quienes sufren las pérdidas. Y quizá no nos damos cuenta de cuan cierto es que muchos de los hombres que pasan a nuestro lado son auténticos cadáveres vivientes. Caminando hacia esa comitiva de la muerte puede y debe ir otra comitiva de hombres y mujeres llenos de vida. Es la de los que acompañan a Jesús, comprometidos seriamente con el gran desafío de responder a la muerte con la vida. Y aquí viene una importante pregunta: ¿Qué respuesta damos los cristianos a todos cuantos caminan en la comitiva de la muerte? ¿Podemos decirle a ellos, como Jesús, “levántate”. Levántate joven de la muerte de creer que no hay futuro, que todo es malo, que nada tiene sentido…y busca desarrollar tus ideales y sueños. Levántate tú, que estás muerto en tu corazón, endurecido por tantos dolores, angustias, tristezas. Y busca la paz en ti mismo. Levántate tú, que estás lleno de rencores, broncas, decepciones. Y libérate de tantas cargas que te lastiman. Levántate tú, que estas muerto, creyendo que la vida es la seguridad material y que cuanto más tienes, más vida tendrás. Levántate tú, que estás cansado, abatido de tanto luchar por mantener tus ideales, por tener la sensación de que estás remando contra la corriente. Levántate, tú, que estas cansado de cargar con esa enfermedad y muchas veces tienes ganas de morir. Levántate tu, que estas ahogado en tus lágrimas, por las pérdidas que has tenido, por las injusticias que has sufrido… Levántate tú, que no le encuentras sentido a la vida, que todo te da lo mismo. Mira el sol como cada día alumbra. Esa es su función. Mira las flores, como embellecen tu vista. Esa es su función. Levántate tú, y encuentra tu función en esta vida. A todos ellos, a todos nosotros, Jesús dice…. “levántate” ¿Que haremos frente a la comitiva de la muerte? ¿Esquivarla?, ¿ignorarla?, ¿juzgarla y condenarla?, ¿despreciarla?... ¿Acercarse a ella, sentir el dolor de todos cuantos la integran, compartirlo y remediarlo? Si hacemos lo segundo, es que hemos empezado a entender a Cristo y ayudándolo a que haya menos lágrimas y menos muerte en este mundo y un poco más de esperanza. Que así sea, amén.

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