13/08/2010
Meditación para el domingo 15 de agosto 2010
Lucas 12,49-56.
Textos complementarios: Sal.40,1-3.17 /Jer. 38,1-10/ Heb. 12,1-4
Este es un texto difícil. Nos enfrentamos con un Jesús atípico, poco conocido. Hasta nos asusta un poco.
Venimos haciendo un seguimiento del Evangelio de Lucas, recordamos algunas de las últimas temáticas: El envío de los 72, en los que se exhorta a expulsar demonios; El buen samaritano, donde el amor al prójimo esta por encima de la “ley” de los fariseos; la opción de María de sentarse a los pies de Jesús y escuchar su mensaje; en marco de esto, la fuerza de la oración con el Padrenuestro; El tema de la riqueza, donde ponemos nuestro corazón; y el ultimo domingo, el estar preparados porque no sabemos cuando va a venir nuevamente El Señor.
Y entre medio, una serie de textos que hablan del poder de los demonios, tema que lamentablemente se “saco” del leccionario. Seria un tema muy interesante de compartir para entender un poco más los tiempos actuales.
Ahora se nos presenta un tema crucial: Jesús nos dice que no vino a traer paz, sino a traer división y fuego.
Por de pronto es como si de repente “explotara” algo en Jesús, sin que podamos captar con claridad qué es ese “algo”. La exégesis hará bien en reconocer que no resulta totalmente claro qué es lo que significa este pasaje. Hasta parece que Jesús ha perdido la paciencia que lo caracteriza y tuvo uno de esos arranques, un día que se levantó alunado.
Hay una palabra clave en esta versión de la Biblia que es el término fuego. Personalmente, a mi el tema del fuego me trae muchos malos recuerdos. Cuando teníia 10 años, en febrero, volvíamos de un campamento tarde a la noche y esa noche mi casa se quemó. Era una casa de dos pisos, el piso de arriba tenía una pieza grande revestida toda de madera, pisos, paredes y techo. Y en el techo, en una de las vigas que atravesaba el techo, también de madera, un tubo fluorescente incrustado en la madera sin protección de chapa. Se ve que alguien prendió ese tubo y como siempre demoraba en prender nadie se percató que esta vez no había prendido. Nos fuimos a dormir y a las tres de la mañana nos despertamos en medio del humo, gritos de mi madre, y llamas.
Como ya en esa época era bastante remolón para levantarme, fui el último en bajar la escalera que también era de madera, tapizada con una alfombra de algodón. Cuando llegué al segundo o tercer escalón de arriba, justo el fuego comenzó a agarrar la escalera…Se podrán imaginar que tuve un pequeño adelante vivencial de lo que es un pequeño infierno. Lo que no se destruyó con el fuego se destruyó con el agua de los bomberos…
Durante años me despertaba todas las noches a las tres de la mañana desesperado… y luego me costaba dormir. Durante años, toda la ropa y todo en esa casa olía a humo. Durante mucho tiempo no podía ver fuego a mí alrededor…
La mitología antigua decía que la Tierra, el aire, el fuego y el agua son elementos mitológicos, que tenían su influencia en la vida de la humanidad. El Fuego es el elemento que simboliza el cambio, la pasión y la purificación. Incluso se creía, antiguamente, que una vez encendido un fuego, no había que apagarlo. Si un fuego se apagaba era símbolo de que iba a llegar una maldición a la casa, la oscuridad… Toda esta mitología la hemos perdido gracias al magiclick.
Hesíodo, poeta griego del año 700 AC. Decía que había una creencia de que el fuego se encontraba dentro de los árboles al surgir por fricción entre dos maderas y menciona uno en especial, cañaheja, que tiene una médula blanca y seca en la que el fuego arde lentamente sin apagarse y que era empleada para trasladar fuego de un lugar a otro.
Y en la Biblia el término “fuego” es usado para significar dos cosas: juicio y purificación. Juicio final, fuego eterno…. Por un lado. Por el otro, la palabra de Dios que es puesta a prueba con el fuego.
En el AT, el rayo es «el fuego de Dios» (2 Re 1,12). El fuego es medio de purificación`. En el culto, el fuego sacrificial se usaba para quemar ofrendas en el altar e incienso en el incensario.
Como Yahvé estaba presente en medio de su pueblo como juez que libera y castiga, el fuego que lo acompañaba se hizo expresión de dos aspectos diferentes de su actividad. En primer lugar, era señal del juicio divino; en segundo lugar, del favor divino, al mostrar Dios por medio del fuego su aceptación de un sacrificio . Era también señal de la guía de Dios, como aparece en las columnas de fuego y de nube en el éxodo. Yahvé habló desde el fuego.
Se define a Yahvé mismo como un fuego devorador, por el celo ardiente con que vigilaba sobre la obediencia a su voluntad. También su palabra se describe como fuego que devora ( Jr 23,29 ). Se aparece rodeado de fuego. El fuego es uno de sus servidores, un instrumento suyo, símbolo de la santidad de Yahvé como juez del mundo, y también de su gloria y su poder. Según Dn 7,10, un río de fuego sale de debajo del trono de Yahvé.
En boca de Jesús, el fuego es símbolo de destrucción; en los pasajes que lo mencionan se usa a menudo un lenguaje arcaico, y se concibe a modo de castigo: en realidad, los evangelistas, siguiendo el estilo del AT, expresan como acción divina lo que es responsabilidad humana. Pero Jesús no aplica los dichos sobre el fuego a sus enemigos, sino a los falsos miembros de su comunidad (Mt 7,19; 13,12; 18,8s; Jn 15, 16) o a los que, sin haberlo conocido, no tienen compasión de su prójimo (Mt 25,41).
Equivalente del fuego es «la gehenna», que designaba el quemadero de basuras de Jerusalén, situado en el valle de Hinnón. En Mc 9,43.45.47, «ser arrojado al quemadero» está en oposición a «entrar en la vida» o «en el reino de Dios»; es, pues, símbolo de la muerte definitiva.
En Lucas, sin embargo, parece que el fuego tiene un significado positivo: « Fuego he venido a lanzar a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido!»
Contra la expectación de Juan Bautista, no se trata de un fuego destructor ni de juicio, sino, teniendo en cuenta el simbolismo de Lucas, del fuego iluminador y enardecedor del Espíritu; de hecho, en Pentecostés el Espíritu se manifiesta en forma de lenguas de fuego (Hch 2,3).
El fuego concebido como juicio o castigo divino aparece cuando los hijos de Zebedeo quieren que Jesús les permita pedir que el fuego del cielo (el rayo) caiga sobre los samaritanos (Lc 9,45); como Juan Bautista, están en la línea violenta de Elías (cf. 2 Re 1,10.12).
Pero en este párrafo concreto, al menos así lo entiendo yo, Jesús nos habla del fuego interior que implica el seguimiento a su causa.
Es interesante que otras versiones de la Biblia, como la Reina Valera, hablen de bautismo en lugar de fuego. En el mismo evangelio de Lucas, Juan el Bautista va a decir, en 3:16, que va a venir otro que los bautizará con el Espíritu Santo y fuego.
Es el bautismo por el que Jesús tiene que pasar para que su proyecto salvífico se lleve a cabo. Esta anunciando su pasión y muerte y hasta da la impresión que quiere que todo termine pronto.
Ahora se trata de una opción radical: los que quieran seguir con Jesús tienen que optar por un cambio, un bautismo, radical. Tan radical que en sus propias vidas tiene que ser como fuego, como algo que quema hasta lo más profundo, que quema adentro y que impulse como el fuego a propagarse.
Y este fuego, estas ansias de propagar el evangelio serán causa de división: Ya lo fue en esa época y lo sigue siendo ahora. Familias divididas a causa de la fe. Grupos religiosos que “aíslan” a sus súbditos de sus familias.
Yo me imagino más bien esas discusiones acaloradas que se dan en las por cuestiones de futbol, o política. ¿Cuántos hermanos hay que no se hablan más por cuestiones de opiniones políticas? ¿y por religión?
Jesús enfatiza esta idea de la división, del corte radical, porque se tenía un concepto errado de cómo va a venir el mesías. Se creía en una aparición triunfalista, lleno de gloria del Mesías. Y acá deja en claro que se trata de algo que sacude, algo que moviliza tanto que genera fuego en el interior.
Jesús, a mi entender, en este texto nos esta planteando que el seguimiento, no es solamente el acto de “mojar con agua” a una criatura, y ya ir a pedir el pasaporte al cielo. Sino que se trata de una opción radical que tiene sus consecuencias. Ser cristiano es como un fuego, una lucha constante por difundir y defender los principios del Evangelio cueste lo que cueste, en contra de una sociedad que esta pateando en contra de los principios del evangelio.
Vivimos en una sociedad como dije que vive en contra de los principios del Evangelio… una sociedad que esta fría e indiferente ante lo que pasa. Jesús nunca dijo que seguirlo a él era fácil, que porque nos llamemos cristianos y tengamos una practica eclesiástica podamos decir: “está todo en orden”, “está todo bajo control”, “está todo bien”.
En estas últimas semanas hemos escuchado en los noticieros una serie de noticias que nos comprueban una vez más que el mundo no esta bien y que le falta un poco de este fuego que quema, que arde en las entrañas: atentados (como el de Colombia); Muertes y asesinatos violentos en las “salideras bancarias”; leyes que cuestionan la integridad del concepto de familia. Y así podemos hablar de muchos temas, no solo en las estructuras que parecen tan lejanas a nuestra realidad, sino también en las cotidianas a nuestro alrededor. Donde muchas veces nosotros hacemos de cuenta que “esta todo bien” porque no queremos comprometernos con fuego. Muchas veces, por la comodidad de la familia, por querer quedar bien con todos y no comprometerse con nada. O por miedo hacemos como que miramos para otro lado cuando la realidad nos obliga a mirar y denunciar las injusticias, los chanchullos que se hacen y cosas que sabemos están mal pero no decimos o hacemos nada.
Creo que ahí… las iglesias y los cristianos tenemos mucho por hacer. Jesús vino, podemos decirlo de esta manera, a perturbar nuestra siestita de verano, en la que estamos como adormilados, creyendo que “la casa está en orden” cuando leemos la Biblia y rezamos un poco, mientras que los poderes del mal, manejados por el diablo y sus secuaces terrenales siguen ganando terreno y dominando el mundo.
El termómetro para medir nuestra lealtad a Cristo se mide en el cambio que ese Cristo ha logrado en nuestras vidas. No con las cosas exteriores, rituales y ceremonias, sino con las opciones y cambios radicales que logremos en nuestra vida y la coherencia que logremos en nuestro testimonio y nuestra practica de fe.
Si hacemos la obra de Cristo, debemos esperar oposición. Nadie nos va a aplaudir si levantamos la voz contra los temas cruciales que la sociedad está pregonando, como el aborto, la investigación celular, la clonación, el deterioro de los principios morales, entre otras. Esas cosas parecen preocupar menos a los cristianos que las cosas triviales por las que muchas veces discutimos y peleamos dentro de la iglesia como el color que debería tener la alfombra por decir algo.
¿Qué significa el seguimiento de Jesucristo? ¿Es una mera cuestión de tradición familiar, de identidad cultural, de costumbre religiosa; o se trata de un seguimiento decidido, enardecido y consecuente?
El tema que sigue planteando Lucas en su evangelio, tiene que ver con la conversión radical, la metanoia. Optar por Jesús es un cambio radical en la vida. Y por eso habla de la higuera que no da frutos, la puerta angosta… etc.
Jesús no vino a traer paz. La paz va a venir, dice Jesús, cuando todos estemos con nuestros corazones orientados a vivir el Reino de Dios ya ahora en esta tierra. La paz como satisfacción de una lucha que le da sentido a la vida.
Busquemos esa paz, ese “estar en paz” porque ponemos el Evangelio por encima de los beneficios que nos pueden proporcionar el placer y la comodidad de este mundo. Amén
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