Lucas 18, 1-8. Complementarios: Ex. 12, 8-13 / 2. Tim 3,14-4,7
¿No encuentran ustedes que la actitud de esta viuda es envidiable? Insistir una y otra vez para alcanzar un objetivo. Persevera y triunfarás. Pero… ¿frente a un juez? Muchas veces esa imagen ya nos achica: tengo que hacer valer mis derechos frente a alguien que es más poderoso que yo. ¿Voy a poder? ¿Me escuchará? ¿Me tendrá en cuenta?
Se me viene a la memoria la lucha de resistencia de Gandhi, la resistencia no violenta con la que liberó a la India del dominio británico. Se me ocurre la lucha tenaz del débil David frente al gigante Goliat. Se me ocurren tantas historias de luchas cotidianas frente a jueces corruptos e inescrupulosos, no solo en nuestro país, sino en tantos otros lugares. La lucha por hacer valer los derechos de uno frente a un poder judicial establecido y “acomodado” a los intereses de los gobiernos.
Por otro lado, vivimos en una sociedad que nos cuesta la perseverancia. Desde un “compre ya” y si “compra ya le damos otro producto de obsequio” hasta los niños que si no tienen lo que quieren ahora y ya arman escándalos… hemos perdido la capacidad de esperar. La ansiedad y la saciedad hoy en día son muy fuertes.
Tenemos una enorme capacidad hoy en día para seguir con lujo de detalles durante dos días un tema en todos los medios de comunicación, como fue el caso del desastre en Chile con los mineros… y cuando todo acabó, cambiamos radicalmente de tema y ya ni nos acordamos de lo que pasó hace unos días.
Los que luchan por una causa que consideran justa, pierden el ánimo enseguida si no son atendidas sus demandas, o usan la violencia como método coercitivo para lograre sus objetivos.
Y ahora más concretamente en el caso de la fe: ¿Por qué será que Dios no escucha mi oración? ¿Será que Él se olvidó de mí? A veces, nos desanimamos muy pronto, después de haber intentado una o dos veces.
Yo tuve que aprender de chico que la perseverancia es la clave para salir adelante. Los médicos me lo dijeron bien claramente de entrada: si vos no te esforzás por salir adelante, no vas a salir: rehabilitación durante 17 años, todos los días, siempre a la misma hora, aunque no tenga ganas… era una rutina tediosa, pero es la que me permitió salir adelante.
Esa misma rutina es la que Jesús nos invita a utilizar con la oración. ¿Quiere decir esto que la oración debe ser una rutina? Me animo a decir que si. Perseverancia en la oración.
Pero eso no quiere decir que siempre vamos a obtener lo que queremos. A veces Dios nos dice, “eso no es lo que mas te conviene”. ¿No lo hacemos acaso nosotros con nuestros hijos, que no siempre le damos todo lo que piden? Si fuera así, que siempre le daría a mis hijas lo que quieran, comeríamos todos los días tomates, frutillas, pasarían el día mirando televisión… faltarían por cualquier cosa a la escuela… compraría todo el supermercado, todas las jugueterías, etc.
Hay veces que, por mas que pidamos con insistencia algo, recibimos lo contrario: recuerdo dos historias que me tocó acompañar pastoralmente en algún momento de mi vida: la primera trataba de un hombre joven, padre de familia, tres chicos, un pasar más o menos aceptable: casa propia, autito y unas vacaciones al año. Él era el único sostén de la familia. Todo iba bien hasta que un día en la empresa donde trabajaba, corrió el rumor que se iba a reducir el personal por cuestiones financieras de la empresa. Él no sabia si iba a entrar en ese paquete de despidos, pero comenzó a orar con fuerza e insistencia a Dios, para que no quedara fuera y pueda seguir manteniendo a su familia. Dos meses largos estuvo de mañana y de noche orando a Dios. ¿Y saben que? Fue el primero en la lista de los despedidos.
La angustia y la preocupación de esta familia eran muy grandes. Obviamente los cuestionamientos acerca de Dios y su existencia y el abandono no se hicieron esperar. ¿Dónde está Dios en esta historia? ¿Dónde está Dios en cada una de nuestras historias cuando las cosas no salen como nosotros queremos?
Nos sentimos abandonados, no tenidos en cuenta por Dios. ¿He orado poco? ¿Me he portado mal?
Muchas veces actuamos convencidos que la oración es pedirle a Dios que nos vaya bien, que no nos pase nada. Y creemos firmemente que Dios es como una pata de conejo, o el genio de la lámpara a quien puedo acudir cuando necesito algo. El centro de la oración soy yo mismo: mis deseos, mis necesidades.
Después de unos meses volví a ver a ese padre de familia que había perdido su trabajo: estaba contento. Se había dado cuenta que en el ultimo tiempo no estaba contento con su trabajo y le resultaba una enorme carga, pero no quería salir por miedo a no encontrar otra cosa. Cuando lo encontré estaba trabajando en lo que le gustaba hacer y estaba feliz. Dios escuchó su oración, pero no respondió al pedido caprichoso del hombre angustiado, sino de acuerdo a lo que Dios quería para él.
Así nos pasa muchas veces. Pedimos a Dios, creemos que el nos abandona y después de mucho tiempo, nos damos cuenta que lo que recibimos a cambio es mucho mejor.
Ahora algo sobre el contexto de la historia de la viuda:
Si miramos el contexto de este texto, que empieza en el capitulo anterior, (17,20) vemos que Jesús esta hablando de la venida del Reino de Dios y la pregunta de alguien es: ¿Cuándo va a suceder esto?
La viuda que pide justicia del juez representa a todos los “débiles” que buscan justicia. Una justicia que no sea la impuesta por el gobierno de turno, sino que sea la justicia basada en una relación fraterna y amorosa de igualdad frente al otro. Ni la justicia corrupta a la que estamos acostumbrados en nuestros países, ni la justicia, escudada detrás de los Derechos Humanos, que es solo a favor de un sector determinado de la sociedad en perjuicio de otros.
Si vamos a pedir la justicia, si es lo que realmente anhelamos, entonces nuestras vidas deberían reflejar la justicia que buscamos. Puede que esté en una situación injusta, como era la ocupación romana de Israel, o la viuda que no es escuchada, pero el hecho de vivir en tal situación no me libera de la obligación de vivir justamente.
La gran tentación es de acomodarnos al entorno injusto y así justificar la propia injusticia.
Se puede combatir con justicia la injusticia imperante. Y me refiero no solamente a la injusticia del sistema, sino a mis propias injusticias, aquellas que hago con los demás o que los demás hacen conmigo. Desde esas que se dan en una relación de pareja que es desigual usando el pretexto del género débil o fuerte, aquellas injusticias que se dan en la relación de padres e hijos, fuertes y débiles y tantos otros.
Jesús quiere que seamos como la viuda: persistentes en nuestra petición a Dios por la justicia y fieles en nuestra propia justicia. La iglesia es la comunidad del reinado de Dios. Debería servir como ejemplo de justicia en un mundo injusto. Las barreras que funcionan en la sociedad para separar grupos y elevar algunos sobre los demás, no deberían existir en la iglesia. La iglesia es contra cultural en su insistencia persistente en la justicia conforme al patrón divino. Por su ejemplo sirve como un faro de luz en medio de una tormenta. Atrae y guía a personas perdidas a los brazos seguros del Dios de amor. La iglesia debería ser contracorriente en el mejor sentido. Es un oasis de amor incondicional y justicia.
Amén
14/10/2010
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