Lucas 18, 9-14.
Complementarios: salmo 34:1-2.16-18.22/Ezequiel 18,19-25/ 2. Tim.4,6-8.16-18
Estoy seguro que muchos de nosotros hemos usado o escuchado la frase: Bla, bla, bla…” En este texto tenemos un típico blabla… el mismo que existe mucho entre los cristianos de hoy en día. Un gran número de cristianos son como el primer hombre en esta historia que solo les interesa pasar revista de lo que hacen. En realidad no buscan a Dios. Buscan la aceptación de los hombres. Sus palabras fueron dichas no para alabar a Dios, no para darle gracias a Dios, sino para tratar de abochornar a los demás y para justificarse él mismo frente a los demás.
Antes de comprender completamente lo que esta sucediendo aquí, antes que podamos entender el mensaje que Dios quiere que recibamos en el día de hoy, tendremos que conocer un poco de historia. Primero examinemos a este hombre que a primera vista aparenta ser un hombre correcto. Primero estaremos examinando al Fariseo. Los Fariseos eran personas que creían en un Dios personal y que creían que las escrituras eran la Palabra de Dios, el problema que encontramos con ellos es que ellos le agregaban sus propias interpretaciones a las escrituras. Ellos agregaban reglas y regulaciones, rituales y ceremonias, y de esta manera imponían restricciones en el pueblo. Ellos no hacían las cosas para la gloria de Dios, sino lo hacían para obtener reconocimiento y en muchos casos riquezas.
Ahora, examinemos a este hombre que se le refiere como el publicano. Publicano era el titulo otorgado por el imperio Romano a los cobradores de impuestos. En ese entonces las cosas eran muy diferentes a las de hoy en día. Los cobradores de impuestos en ese entonces eran personas odiadas. Estoy seguro que muchos de usted están pensando que no nos gustan los cobradores de impuestos que ahora tenemos, como la DGI y otros impuestos, pero les digo que ahora lo tenemos mucho más fácil.
Digo esto porque de la manera que estos hombres operaban era muy corrupta. Los romanos utilizaban personas judías para que fuesen ellos los que cobraran los impuestos.
La ley en ese entonces era que estas personas que el imperio contrataba pagaban una cantidad de dinero por adelantado al imperio, y en cambio el imperio le daba la autoridad para cobrar los impuestos en las diversas áreas. Pero no solamente esto, porque ellos también recibían la autoridad para obtener una ganancia de todo lo que cobraban. Es decir si había sido determinado que una persona debía diez dólares, el cobrador de impuestos podía cobrar quince o veinte dólares sin ningún tipo de violación de la ley romana.
Este es el escenario de la historia de hoy: tenemos dos hombres, uno bueno, portador de una religiosidad de terminada, representando al poder judío y uno malo, representando el poder político económico y por lo tanto a Roma. Uno lo tenía todo y era muy respetado y el otro solo tenía pecados y era odiado por la gente. Era el malo de la película.
Quiero hacer una corrección: tenemos dos hombres, uno que se creía bueno y el otro, que se sentía el malo de la película. El primero se auto atribuye que es el bueno. Y es el bueno porque cumple con una serie de rituales que consideraba importantes, y lo hace (por lo que podemos deducir del texto) para diferenciarse de los demás… “te doy gracias porque no soy como los que son ladrones, malvados, adúlteros, etc.” Y apuesta a algo más: “te doy gracias porque no soy como fulano de tal”.
Yo quiero preguntarme, y animarlos a ustedes a preguntarse, ¿es está una oración o es una justificación? Parece que su oración, echa de pie y en voz alta y fuerte para que todos escuchen, no nace del corazón agradecido, sino nace de un corazón engrandecido, es decir, ora para justificarse delante de Dios y de la gente. Es como si diría: ¿viste que bueno que soy?
¿Piensan ustedes que Dios escucho esta oración? Les digo que lo único que Dios escucho de este hombre fue: bla bla bla.
Este es uno de los problemas que existe en el pueblo de Dios hoy en día. Les digo esto porque existe un gran grupo de supuestamente cristianos que son tal como el primer hombre en esta historia, solamente dan cuenta de lo que hacen para que otros vean que buenos que son. El no estaba buscando a Dios, estaba buscando aceptación del hombre.
Este hombre si estaba actuando debidamente, oraba "puesto en pie..." como era la costumbre en ese entonces. Este hombre si estaba siendo sincero, el no era como el otro hombre, el no era un adultero, el no era un mentiroso, el no era un ladrón. Eso no se cuestiona. Pero su oración no procedía de su corazón. Sus palabras eran habladas pero no a Dios sino así mismo y quizás para que fuesen oídas por esos que le rodeaban. Sus palabras fueron dichas no para alabar a Dios, no para darle gracias a Dios, sino para tratar de abochornar al otro hombre.
Así son las personas que en lo exterior, que a primera vista, aparentan ser fieles hombres y mujeres de Dios. Personas que nos impresionan con sus agradables personalidades, su aparente compasión, y su disposición en ayudar, que piensan que ellos son lo suficientemente buenos para Dios.
Personas que piensan que cuando se encuentren cara a cara con Dios no serán condenados, saben que han hecho mal, pero no lo suficiente para ser excluidos de Su reino.
Existen muchas personas que piensan de esta manera, alaban o glorifican a Dios solamente para satisfacer sus consciencias. Esto es exactamente lo que el Fariseo hizo aquí, el no estaba alabando a Dios, el solamente estaba justificando en su mente las razones por la cual Dios tenia que aceptarle.
Si actuamos tal como el primer hombre en esta parábola, se nos hace muy fácil sentirnos superiores espiritualmente, se nos hace muy fácil menospreciar a las personas. Esta actitud no nos acerca a Dios, todo lo contrario.
Por otro lado, está este otro hombre que no podía ser más malo que lo que era. Era lo opuesto al primer hombre. La diferencia está en que él sabía que era pecador y lo reconoce. Y ahí esta la justificación de Dios.
Dios no lo justifica porque es pecador, sino porque reconoce su pecado. Estaba lejos, no se había puesto delante, al frente de la iglesia, sino en el último rincón, es decir, parecía avergonzado y apenado por sus culpas. Ni siquiera se animó a levantar ni la voz, ni la frente. Pero levantó algo mejor. Se animó a levantar el corazón a Dios.
El esta reconociendo que no existía nada bueno en el, nada que lo encomendaría a Dios, nada que lo haría ser aceptado por Dios. Es por eso que vemos que el pidió misericordia. El sabia que de la única manera que el podría ser aceptado por Dios era de que Dios tuviera misericordia de el, de que Dios le perdonara sus pecados. Dios solamente era su esperanza, y misericordia solamente fue lo que el pedía.
El Publicano obtuvo la salvación por la oración que el hizo. El oro diciendo "Dios, ten piedad de mi, que soy pecador." Este hombre que le había hecho la vida imposible a otros, este ladrón, este tramposo, este hombre verdaderamente malo vino a Dios y le pidió misericordia.
El hombre malo, el pecador cobrador de impuestos se fue a su casa justificado. ¿Que paso con el otro? Ese otro se fue a su casa siendo todavía un pecador.
¿Por qué? En el versículo 11. Jesús nos dice "El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo...," El si oro, pero el no oro a Dios, el oro "consigo mismo." El Fariseo pensó que el era merecedor y por eso Dios no lo recibió. El cobrador de impuestos sabia que el no era merecedor, sabia que el era un pecador, y por eso recibió el perdón de Dios.
El perdón de Dios no llega a aquellos que se creen en el derecho de tenerlo. El Fariseo estaba lleno de si mismo y no precisaba de Dios. El perdón llega a aquellos que lo piden con humildad y arrepentimiento. No a quienes lo merecen sino a quienes lo reconocen.
La oración de este hombre pecador fue corta, pero directa al punto. Tenía un deseo genuino de alcanzar a Dios. El reconoció que el era un pecador por su naturaleza y sus practicas, el reconoció que era culpable en todo sentido delante de Dios.
El fariseo, que en este relato representa a un sector de los creyentes, habían confundido la cosa: no se trata de “demostrar” que tan bueno soy, sino que se trata de reconocer que necesitamos de Dios.
¿Como sería si alguien pudiera ver dentro del corazón de cada uno para saber las intenciones con que se hacen las cosas? DIOS puede hacerlo. Y sabe lo que cada uno es. No se “come el verso, el blablabla”. A cualquiera se puede engañar, a mi me pueden engañar, de hecho lo han hecho muchas veces. Pero a Dios no. El sabe todos los sentimientos y pensamientos que hay en tu corazón.
Y digo una vez más lo que digo muchas veces, no por ir siempre al culto uno es automáticamente un merecedor del cielo. Dios valora mucho más la sinceridad de un pecador que la soberbia de alguien que se cree salvo. En el cielo hay más alegría por uno que se convierte que por 99 que son buenos.
El pecador de nuestra parábola "se golpeaba el pecho..." Se sabía pecador.
¿Por qué estaba afligido? Estaba consciente de que Dios tiene que juzgar el pecado.
Su pecado estaba en primer lugar en su corazón, en su pecho. En el lugar que solo Dios y uno mismo puede ver. No podemos esconderle nada a Dios.
No alcanza con los ritos exteriores: ayunar, ofrendar, pagar la cuota e ir al culto....
¿Qué hay de la vida interior?
No solo estaba afligido, sino humillado: se quedo lejos y ni siquiera levantó los ojos.
Si nos humillamos ante de Dios, reconociendo el pecado, El nos perdonará también.
La oración del pecador “ten piedad de mi que soy pecador” es una oración que nace del corazón....
Así rezaban los primeros cristianos, los monjes. Se conoce como la oración del corazón: una letanía, “Señor, Jesús, hijo de Dios, ten piedad de mi que soy pecador”. Se rezaba como un rosario, todo el día a cada hora. Dicen que de tanto repetirla, la oración llega verdaderamente al alma y se encarna la presencia de Dios obrando milagros, dando fuerzas en sus vidas. Hace algunos años, he comenzado a practicar este método y me ha dado buenos resultados.
Como protestantes podemos discutir si la repetición sistemática de una fórmula tipo Rosario es efectiva o no. Yo solo puedo hablar de mi propia experiencia y les puedo asegurar que es así, que uno con el tiempo, se siente más conectado con Dios. Pero es una experiencia que tiene que hacer cada uno.
Volvamos a nuestro pecador y a su método. Él no ofreció nada a Dios a cambio de la salvación que quería recibir. Tenía manos vacías. No tenía buenas obras, no tenía tradiciones ni costumbres, ni rituales. Porque no pensaba en una “relación” (religión) con Dios. Religión significa re- ligar, volver a unir algo que estaba roto. Volver a unir nuestra relación con Dios. El pecador no pensaba en una re-ligión como un camino exterior de formas y procedimientos que “sumen puntos” para llegar a la meta.
El, a pesar de ser pecador, tenía a Dios dentro suyo, en el corazón.
No afuera, en la boca o en las manos, o en lo que los demás podían ver y decir.
Por eso no necesitaba un re-ligar un volver a unir... él ya estaba unido a Dios.
Si, leyó o escucho bien. Uno no necesita ser perfecto o aparentar serlo, para estar ligado a Dios. Dios nos conoce a cada uno y sabe que no lo somos, que solo podemos aparentar serlo. Por eso el nos pide una sola cosa: que nos acerquemos a él y le pidamos que enderece nuestros caminos. Reconocer que lo necesitamos: pedir misericordia. Sentir tranquilidad en la conciencia y en el corazón.
La misericordia de Dios (no es lástima ni compasión) es dejar sin efecto un castigo que se merece. Se merece en la condición de pecador. Pero cuando hay arrepentimiento y aflicción, la misericordia de Dios es grande. Esto es lo que Lutero llamaba “justificación”.
La oración del publicano es sencilla y breve, y yo realmente recomiendo esta letanía para rezarla durante todo el día... Dios no se cansa de escucharnos: quien cree que Dios se cansa de escucharnos debe leer romanos 12, 12 y 1Tes 5, 17. En ambos textos se dice: “oren sin cesar”.
Hermanos, ante Dios, ninguno es mejor que nadie. Permítanme un chiste para terminar: hay un dicho que dice: “Nadie es perfecto”... menos mal que no me llamo nadie. Pongamos nuestro corazón a examinar y no hagamos como el fariseo que daba gracias a Dios porque no era como Fulano o Mengano porque todos tenemos algo de que arrepentirnos.
Que Dios nos regale su misericordia, amén.
22/10/2010
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