Aniversario de Confirmación 2010
Texto: Filipenses 3, 17-21
¿Existe algo así como un “estado de gracia” que se puede adquirir sin imperfecciones? Un estado de gracia en el que se perdonan todas las faltas. Es más ¿un estado de gracia en el que se puede “mostrar” los defectos propios sin necesidad de preocuparse por ellos?
Había una vez una abuela que le gustaba “jugar” con lo que, según ella, era un defecto que tenía: su estatura. Al lado de su esposo se sentía más petisa aún. Y cuando sus nietos eran chiquitos, jugaban a quien era más alto. “todavía no te pareces a tu abuelo, sos de los míos” decía, haciendo alusión a que todavía no eran lo suficientemente altos… Y siempre agregaba el mismo comentario: “lo bueno viene en envase chico”. Hasta que un día apareció uno de los nietos y le dijo: “abuela, ahora ya soy más alto que vos”. Ella sonreía y respondía: Si, vos ahora creces alto sobre la tierra como tu abuelo. Yo solo puedo crecer en el cielo”.
Uno cuando es niño y/o adolescente necesita modelos, modelos a los que imitar. Ídolos. Modelos que muestren a los niños y jóvenes una meta, una línea a seguir, un camino por el cual transitar. En la sicología se dice que es de suma importancia que un niño crezca rodeado de “modelos”, personas adultas con las que se puede identificar para construir su esquema de valores e ideales que lo van a guiar para el resto de sus vidas.
Y dicho sea de paso, me animo a afirmar que ese es uno de los grandes problemas que encontramos en nuestra juventud de hoy. Miremos por donde miremos, los modelos, los ídolos a imitar no son de los mejores. Sobre todo cuando buscamos a esos “modelos” a imitar por el lado de la televisión: peleas mediáticas entre los famosos, peleas que hacen subir el rating, no importa si uno queda mal parado o si hace escándalo, lo importante es llenarse de plata y nada más.
Pero ¿Qué es en concreto un “modelo” un “ídolo”. ¿Solo una persona a la que admirar y amar, aunque más no sea idílicamente, ilusoriamente? ¿Un ideal? ¿Algo que me lleve hacia arriba, que me mantenga en movimiento con objetivos y metas llenas de sentido? ¿Una creencia? ¿Un estilo de vida? ¿Alguien a quien parecerse?
Seguramente cada uno de ustedes ha tenido algún que otro ídolo o modelo a imitar a la edad de la confirmación. Quizá en algunos manifiestamente en otros un poco más oculto, pero todos lo tenemos. Quizá algunos se tuvieron que conformar con ídolos más “reales” porque no tenía televisión, más de todos los días, como un maestro, un abuelo, el padre….
El apóstol Pablo comienza este texto diciendo, y diciéndonos hoy a nosotros, “sigan mi ejemplo”. (Menos mal que no dijo, “Síganme, no lo voy a defraudar”, porque quien dijo eso también intentó ser un “modelo a seguir”, y que por seguirlo, sufrimos muchas consecuencias. Yo renuncié a quedarme en Alemania, teniendo la posibilidad de un trabajo, creyendo que ese iba a ser el modelo de país para el futuro, y acá estoy, igual que antes).
Aquí el apóstol Pablo se presenta como el modelo a seguir, el adalid, el cabecilla que debemos seguir. Y por si eso no queda claro aún, dice: “Fíjense en los que viven según el ejemplo que nosotros les hemos dado a ustedes.” El puso en su mensaje, dos señales, dos marcas que hay que prestar atención para ser un “fans” del apóstol Pablo. Dos características que muestren que uno es seguidor de Pablo: no son el rating o cuantos programas de televisión hablan de él, o cuantas peleas mediáticas generó, o escándalos faranduleros, aunque Pablo tuvo y generó muchos escándalos. Ni son la fortuna que acumulo en su carrera, o la plata con la que puede comprar la opinión pública, el silencio, los votos en el congreso, o lo que sea….
Esas dos señales que hay que seguir a simple vista, no son atractivas a los ojos de este mundo, es decir…. No van a convencer a nadie de que siguiendo esos ideales que propone el apóstol Pablo va a tener una vida de éxito: ¿Cuáles son esas señales, esas características, ese estilo de vida?
La primera es: poner la mirada en la cruz de Jesús. Sí, poner la mirada en alguien que murió en una cruz. ¡Condenado! Mirándolo desde el punto de vista más optimista, Pablo propone poner la mirada en alguien que dio su vida, que se sacrificó hasta lo último por una misión, no para si mismo, sino para nada más ni nada menos que toda la humanidad, por que, como dice Juan, “todo aquel que cree en él, tendrá una vida diferente, una vida eterna.”
La otra señal es: poner la mirada en aquel lugar donde todos tenemos el derecho de ciudadanía plena, sin importar nuestra condición social, política, étnica o ideológica. Y ese lugar es el cielo, el lugar donde todos vamos a ir.
Todos fuimos jóvenes alguna vez, todos hemos buscado, alguna vez en nuestra vida, modelos, ídolos a imitar.
Este es un día de reencuentro, para muchos una oportunidad de volverse a ver después de tanto tiempo. Y también es un día para “volver en si”, para “recordar”. ¿Se acuerdan todavía? Quizá hoy se recuerden de la catequista que les dio la doctrina, el pastor que los confirmó, alguna anécdota que habrá quedado para el recuerdo, alguna picardía que habrán hecho. Quizá para algunos estos recuerdos los hayan acompañado a lo largo de todos estos años, y quienes los han introducido en los conocimientos de la fe y acercado a Dios, hayan sido para ustedes “modelos de vida”, ejemplos a seguir. Y estoy seguro que en más de una ocasión se habrán acordado de esos momentos.
Quiero invitarlos a que miremos para atrás y hagamos un recorrido imaginario por nuestra vida, rescatando los momentos más importantes de la misma, teniendo como base para este recorrido las dos promesas que se hicieron fuertes el día de la confirmación: la promesa de Dios, que estará con cada uno de ustedes todos los días de sus vidas hasta el fin y la promesa de ustedes de seguir firmes confiando en esa cruz y en esa patria celestial todos los días. Y quizá entonces, además de la alegría del reencuentro, podamos sumarle un “gracias” dado a Dios porque se mantuvo fiel a su promesa, un “gracias” porque nos permitió sentir su presencia en muchos momentos de la vida, porque se mantuvo fiel a su promesa de acompañarnos día a día.
Tal vez, agregamos a esa lista de gratitudes a todos aquellos, catequistas, pastores, líderes de la iglesia, que le fueron dando las herramientas para encarar la vida con estas dos señales, modelos, la cruz y el cielo.
Y quizá un momento de reflexión acerca de que tan fieles le fuimos nosotros con nuestra promesa de seguirlo cada día de nuestras vidas. Cada uno tendrá que hacer esa reflexión y sabrá si quedó con alguna deuda o no.
¿Existe algo así como un “estado de gracia” que se puede adquirir sin imperfecciones? ¿Un estado de gracia que sea superior, mayor que este momento de gracia en el que celebramos anticipadamente el banquete del Reino a compartir el pan y el vino?
Abuela, ahora ya soy más alto que vos. La abuela mira cariñosamente a su nieto y con una sonrisa le pregunta, ¿en la tierra o en el cielo?
Esta historia un tanto jocosa sobre la abuela petisa… más allá del humor, nos plantea una gran verdad muy profunda. Una verdad que podemos aprovechar. Y es liberador descubrir que los seres humanos tenemos algo más que un modelo terrenal a seguir. Tenemos algo más que resignarnos con creer que la vida es solo: acumular riquezas, tratar de ser famoso a toda costa e impresionar con una vida extraordinaria. Es como que Pablo nos saca una gran pesada piedra de nuestro corazón.
El modelo de vida que hay que seguir no es aquel que nos dice que hay que crecer en la tierra para ser más alto que otros. Ese modelo trae muchos sufrimientos, porque nunca vamos a llegar a ser o a tener todo lo que este modelo plantea como ideal de vida. Si lo miramos desde esa óptica, son muy pocos los que llegan a cumplirlo. Y son muchos menos los que llegan a cumplirlo sin haber dejado en el camino la salud, la familia, la paz interior, la alegría…
El modelo que ofrece Pablo, no es más que el modelo que ustedes y todos aprendemos en el curso de confirmación: seguir a Cristo, confiando en que su muerte en la cruz no fue en vano, porque esa muerte nos da una nueva identidad, una nueva ciudadanía: somos ciudadanos del Reino de Dios.
Y aquí lo más importante: en ese modelo, si aceptamos seguirlo, lo importante es que todos ganamos y todos seremos ciudadanos por igual. No va a haber quien tenga más poder porque acumulo más, o sabe mejor o fue más astuto que otros. Lo único que necesitamos para llegar a ser ciudadanos de ese reino es tener plena confianza, la certeza que esa promesa de Jesús es cierta: yo estaré contigo, cada día de tu vida.
Hay una frase muy linda que dice algo así: cuando tu naces, todos a tu alrededor están felices y tu lloras. Vive tu vida de tal manera que cuando mueras, todos a tu alrededor estén llorando y tu estés feliz.
El apóstol Pablo nos invita a ser ejemplo de vida, a ser modelo, para quienes vienen detrás de nosotros. Y no hay mejor manera que ser modelo que con nuestra propia vida. Lo que hemos demostrado con hechos es lo que va a quedar en el recuerdo de quienes nos siguen. Si le hemos mostrado con nuestras actitudes que lo único que importa en esta vida es crecer en esta tierra, como dice el apóstol, con nuestras ambiciones mundanales…. Tener todo lo que ofrece el mercado, preocuparnos solamente por nosotros mismos, que los conflictos entre hermanos se arreglan con guerras, que me hace mejor persona denigrar a los demás, presionarlo, dominarlos. Si le hemos mostrado con nuestras actitudes que toda vida termina en un cajón bajo tierra, o le hemos enseñado con nuestras actitudes que no tenemos tiempo para ayudar a los demás en sus necesidades y falencias y ponemos las ambiciones celestiales en último lugar, o en uno de los últimos lugares, seguramente no habremos sido un “buen modelo” a seguir para ellos. Tampoco habremos de ser un buen modelo a seguir si siempre le hablamos a ellos con resentimiento, con amargura, con resignación, con pesimismo. Esos pensamientos son los que Pablo menciona como enemigos de la cruz.
Nuestros niños y jóvenes necesitan “buenos” modelos, no los que se ofrecen en la televisión o en la farándula. Y los mejores modelos son, créanme, los abuelos, los mayores. Cuando en nuestra sociedad recuperemos el valor y el rol de los abuelos como guía y orientadores para nuestros niños, lograremos ser una sociedad más feliz. Y ese es un gran desafío y una gran oportunidad. Mostrarles a ellos la alegría que trae vivir según el modelo de Cristo. El modelo de la cruz. Quien entendió el misterio de la cruz, de la entrega, del desprenderse del egoísmo, y quien lleva ese modelo en su corazón, en su mente y en su alma, ese es el ciudadano del Reino, el que logró encontrar el sentido a la vida. Ese alguien logra la mayor satisfacción de su vida, el mayor premio: poder ser modelo y ejemplo para los demás.
El apóstol Pablo dice que nuestra ciudadanía esta en el cielo y no en las tierra. Hagamos un buen uso de esta consigna. En el cielo no hay tristeza, no hay depresión, no hay angustia. Mostremos a nuestros niños y jóvenes que transitar la vida con este modelo que nos lleva al cielo es el mejor regalo que Dios nos pudo hacer. En la edad, el ser abuelos, es también un motivo de alegría, poder acompañar a sus nietos en el crecimiento, no solo sobre la tierra, sino también en su búsqueda de crecimiento en el cielo. Sean testigos y modelo para ellos, que ellos puedan ver en ustedes que la promesa de Cristo, de estar cada día acompañándolos fue, es y será el mayor motiva de alegría y gratitud en sus vidas.
Amén.
19/11/2010
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Buen Blog, sigan adelante.
ResponderSuprimirDios los Bendiga.